dimecres, 10 d’agost de 2016



LOS MUNDOS DE JANO


Nacido en Madrid en 1.922. Su verdadero nombre era Francisco Fernández Zarza, pero todos lo conocemos como JANO. Un seudónimo tomado del protagonista (un pintor bohemio) de un serial para cómic que dibujó en los inicios de los cuarenta, con tan solo catorce años. Su formación, según sus propias declaraciones, fue autodidacta. Haciendo honor a las representaciones del díos romano Jano que tenían dos o cuatro caras fue, sin duda, uno de los cartelistas de cine más polivalentes. A él se deben no menos de 5.000 carteles. Y como él mismo confesó a la revista Mensaje y Medios -revista de comunicación de Televisión Española, ya desaparecida-, sólo se siente satisfecho de un grupo reducido de ellos. Empezó a trabajar en los años cuarenta ilustrando libros, cómics, y, casi por casualidad, en el cartel de cine sustituyendo al fallecido Chapí, en un conocido estudio madrileño.También trabajó en los murales de la Gran Vía y, poco a poco, se hizo con un sitio privilegiado entre los cartelistas de cine. En su
estudio de la Calle Bordadores, llegó a trabajar para 20 distribuidoras simultáneamente. Siempre admiró las obras de Josep Renau, Perís Aragó y Soligó. Su respeto y admiración por Renau se hace manifiesta contemplando su cartel de 1955 para La mujer X (Andrés Soler, 1954), una intensa "X" roja sobre efigie verde, que emana intensidad a melodrama mejicano. El dominio del cromatismo que siempre demostraron Peris Aragó y Soligó parece inspirar su cartel de ¡Bienvenido Mister Marshall! (Luis G. Berlanga, 1955). Pero parece que sólo reconoció la influencia que para él supuso la visión de los retratos de estrellas del italiano, muy poco conocido en España, Ceselon.

JANO fue uno de los mejores retratistas del "star-system", nacional e internacional, claro que no por su voluntad. Su indiscutible versatilidad debió ponerse al servicio de los encargos. Los distribuidores querían y exigían diseños realistas y fácilmente reconocibles. Sus trabajos siempre van a ejecutarse bajo esa doble tensión entre lo que quería y le permitían hacer. A pesar de todo se impone su profesionalidad al mostrarnos con gran dignidad una parte importante de nuestro raquítico y esperpéntico estrellato: Joselito en El ruiseñor de las cumbres (Antonio del Amo, 1958), Sara Montiel en Mi último tango (Luis Cesar Amadori, 1960), o Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí (Pedro Lazaga, 1966).

Los problemas de JANO y otros cartelistas no se produjeron sólo con los comitentes, sino con la censura. Esta no sólo controlaba las posibles licencias eróticas del film, también hacía retocar rostros, cuerpos o ropajes demasiado sugerentes. Antes de su impresión, debían pasar por la Delegación
Provincial del Ministerio de Información y Turismo. A este respecto es curioso como algunos carteles han llegado a poseer historias legendarias. Por ejemplo, para Surcos (J. A. Nieves Conde, 1951), lejos de censuras previas, se realizan varios bocetos diferentes. Se acaban utilizando dos. Siguiendo los criterios del jerifalte de "Distribuciones Chamartín" uno se usó para su distribución externa (festivales, etc.) y otro, menos "atrevido", para la distribución nacional. La leyenda habló siempre de la fulminante prohibición de esa obra, que por otra parte, y con todo merecimiento, fue seleccionada por una firma publicitaria suiza como uno de los mejores doce carteles de ese año. Otro caso curioso es el de El gran juego (Robert Siodmak, 1954), producción francesa para la que se preparó toda la campaña publicitaria, pero que luego, ante la sorpresa general, no superó la censura, estrenándose más tarde y por otros distribuidores...

Nadie puede negar su calidad como dibujante. Algunos de sus dibujos como el de El desterrado de las islas (Carol Reed, 1951), y las caricaturas incluidas en más de uno de sus carteles -en ocasiones sin usar el color- demuestran que sus trazos firmes y rápidos podían competir con los de los más ingeniosos dibujantes de "tebeos" y tiras cómicas de su época. En los años cincuenta y sesenta realizó bastantes portadas para revistas de cómics, reinterpretando mitos decisivos del medio en varias cubiertas de la colección "Novelas Gráficas" de la Editorial Dolar. En el número 10 de 1959 lo hizo con Supermán, y en el 12 de 1960, con el legendario Príncipe Valiente de Harold Foster.

Sus habilidades en la aplicación del color no eran menores. El colorido intenso y la expresión dramática fueron las armas usadas en el cartel de Fedra (Manuel Mur Oti, 1956). El rojo sobre negro, y la fuerte presencia de Emma Penella, dominan el efectivo reclamo.

En los sesenta asimila estupendamente los aires del Pop Art. Aplica un colorido vivaz a carteles como el de Giuletta de los espíritus (Federico Fellini, 1965), y en la composición de Tuset Street (Luis Marquina, 1968), puede intuirse ese juego psicodélico, a veces tan superficial y floral.

En ocasiones, imita los métodos compositivos de prestigiosos cartelistas. Es el caso de Pena de muerte (Jorge Grau, 1973), donde se inspira en las síntesis visuales de Saul Bass; precisando más, en sus carteles para las películas de Otto Preminger Anatomía de un asesinato (1959) o El hombre del brazo de oro (1955). Esas composiciones más agresivas, mezclando el "collage", la fotografía y el dibujo, le fueron permitidas en más carteles de los setenta como Pim, Pam, Pum...¡Fuego! (Pedro Olea, 1975), con un escandaloso fondo amarillo sobre el que se sitúan una "agresiva" y joven Conchita Velasco, una efigie de Fernando Fernán Gómez -ejercitando en ellos su facilidad para el retrato fiel- y un fotograma rojizo, recortado en forma de corazón resquebrajado.

Donde JANO ha ganado más admiradores es con sus caricaturas. Los ejemplos serían innumerables, si bien me parecen excelentes las incluidas en La ciudad no es para mí, en torno a la figura de Paco Martinez Soria, la síntesis naïf, y a lo "Saul Bass", de Un rayo de luz (Luis Lucia, 1960), al servicio de Marisol, la simplicidad surrealista de Atraco a las tres (José M. Forqué, 1962), y el más elaborado, pero no menos divertido, juego geométrico de Los motorizados (Camilo Mastrocinque, 1963). También fueron empleadas hasta la saciedad por todos los reclamos de las pseudocomedias eróticas que inundaron los cines en la década de los setenta.

JANO habría de contribuir a todos los géneros y subgéneros hispanos. Destacaría en el taurino, en el que sus carteles -sus modelos encajan perfectamente en la tradición más respetuosa- eran directos y populares, destacando cuando era necesario a las estrellas, que lo eran del ruedo y la pantalla, como Manuel Benítez El Cordobés en Aprendiendo a morir (Pedro Lazaga, 1962); y Luis Miguel Dominguín en Yo he visto la muerte (José María Forqué, 1965), que incluía los "hierros" de diferentes ganaderías y pequeñas escenificaciones de lances taurinos.

En el cine español las primeras barreras de la censura en caer fueron las sexuales, lo que produjo una verdadera fiebre de películas en las que todo estaba pensado en función de la exhibición de desnudos más o menos moderados. Dos carteles de 1977, ofrecían reflejos de ese ambiente: Del amor y de la muerte (Antonio Gimenez Rico), un estudio del desnudo en una pareja tomada de perfil, bastante sugerente, y cuyo cartel no indica, salvo por una tímida grafía goticista, que la acción transcurra en la Edad Media; y Deseo carnal (Manuel Iglesias), composición, igualmente mórbida, sobre un fondo menos idílico que el anterior, pero más apasionado en su trazo desigual, casi expresionista.

Continuando con los géneros, se hace evidente su soltura para elaborar composiciones que se identifiquen, por ejemplo, con el dinamismo y el ritmo de los Westerns. No es otra cosa Llanto por un bandido (Carlos Saura, 1963), un western autóctono, es decir, que aplica los códigos de ese género para narrar una parte de la historia española. Diseño repleto de ritmo, colores cálidos e intensos. El rojo y el amarillo, entre los que se alza de patas el caballo de Jose María el Tempranillo -Francisco Rabal-, impregnan una de las diagonales que también ocupa, toda en rojo, la protagonista femenina. La variante del género que triunfa en ese periodo es el "Spaguetti-Western".Sus mejores muestras son las aportadas por Sergio Leone, y para su película Por un puñado de dólares (1964), JANO, aplica un diseño que insiste en la carismática figura del pistolero cazarecompensas -Clint Eastwood-, justo después de haber eliminado a uno de sus oponentes.

JANO, jubilado en el año 1987, siguió realizando encargos aislados, en los que su habilidad para el dibujo se mantuvo firme. No era extraño durante la década de los ochenta encontrar "plumas" suyas reproducidas en los periódicos de toda España, como la del año 1986 (aparecido un domingo 2 de marzo en el Heraldo de Aragón, popular diario zaragozano) para El justiciero de la noche (Michael Winner, 1985), y también diseños para carátulas de las más diversas procedencias, o la reutilización de sus carteles en las ediciones para vídeo y DVD.

El 12 de mayo de 1992, fallecía Francisco Fernández Zarza, sin que se le hubiera reconocido suficientemente su categoría como artista y diseñador, y sin calibrar justamente el decisivo papel que ha tenido, junto a otros estupendos cartelistas de cine, en la configuración del gusto estético de muchos españoles. (Roberto Sanchez, La Incineradora).